ventaja competitiva

El papel innovador de las personas es cada vez más importante en las organizaciones, incluso más que la tecnología. Una cultura de innovación que libere el potencial de los empleados es fundamental para crear empresas con ventaja competitiva.

El proceso acelerado de globalización en que nos encontramos y la rivalidad competitiva que trae con ella, así como el incremento de la complejidad, la incertidumbre y la turbulencia de los mercados, han creado un entorno en el que mantener una ventaja competitiva durante un largo período de tiempo es difícil de lograr, sino imposible. Como consecuencia, algunas empresas, especialmente grandes organizaciones, están abordando cambios en la forma de organizar sus procesos y disponer de sus recursos para obtener ventajas competitivas transitorias.





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La creatividad e innovación son un diamante en bruto para crear ventaja competitiva 

Uno de esos recursos es la incorporación de conocimiento que, combinado con otras capacidades organizacionales, constituye una fuente potencial de ventaja competitiva. La investigación relacionada con la gestión del conocimiento, la formación de redes, el trabajo intelectual y la contribución de estos elementos al desarrollo de una economía basada en el conocimiento han generado una amplia literatura en el área de las ciencias sociales.

Eso sí: el conocimiento no es un recurso que se encuentre como tal esperando a ser utilizado, sino que requiere la interacción de los agentes, por lo que la actividad innovadora se torna un proceso impreciso, sin límites claros ni definidos. Las ideas pueden encontrarse en distintas partes de la organización y no solamente en los departamentos de I+D.

Innovar va más allá de la tecnología: la cultura de la innovación 

Por otro lado, si durante la última década del siglo XX las posibilidades asociadas a la convergencia entre el aumento exponencial de la capacidad de digitalización y la extensión de Internet aplicadas a toda la gestión empresarial junto a la forma de organización del trabajo, eran claves para conseguir una mayor productividad, quince años después el foco de la innovación empresarial se dirige a cómo utilizar las tecnologías disponibles para capturar esas ideas y, posiblemente, transitar de una idea a la generación de conocimiento de una forma más versátil y eficaz. Sin embargo, la tecnología por sí misma no es suficiente para adoptar una iniciativa de este tipo. Se requiere una cultura de innovación para atraer y cohesionar a los distintos agentes en el trabajo de co-creación, así como para fomentar el espíritu emprendedor en el interior de las organizaciones. En definitiva, se trata de que la cultura de innovación forme parte del “ADN” de toda la organización y no solo se encuentre en silos aislados.

La capacidad que ofrece Internet para propiciar el flujo de información y conocimiento a escala global crea las condiciones de un nuevo ecosistema más enriquecedor y abierto, pero también mucho más complejo. La disrupción tecnológica y la transformación social, que han ido de la mano en las últimas décadas, han provocado mutaciones radicales en la viabilidad de las estrategias empresariales. Este entorno de continuos cambios a un ritmo sin precedentes, exige a las organizaciones anticiparse, prepararse y adoptar nuevos enfoques respecto a sus procesos de creación, innovación, fabricación, comercialización e incluso, financiación.

Estos cambios son los que están llevando a las organizaciones a ser más permeables al mundo exterior y sus ideas. Este enfoque se recoge en el concepto de innovación abierta acuñado por Henry Chesbrough (2003), quien lo describe como el paradigma de la innovación que asume que las empresas pueden y deben usar ideas tanto internas como externas, así como rutas de mercado internas y externas conforme avanzan sus productos y tecnologías.

Por otra parte, las ventajas competitivas solían obtenerse mediante la explotación de la tecnología, pero tienen una vida corta, ya que de forma casi inmediata son replicadas por los competidores. Por esta razón, las organizaciones están volviendo la mirada hacia sus empleados como una fuente de ventajas competitivas que les permitan diferenciarse de forma más duradera, ya que esa sostenibilidad en el tiempo la proporciona la pericia con la que se explotan los recursos productivos. ¿Cómo? Gracias a los conocimientos y habilidades de las personas, así como de sus actitudes.

Desde esta óptica, la participación de todos los miembros de la organización no solamente incrementaría el carácter idiosincrásico de las competencias desarrolladas para la generación de ventajas competitivas sostenibles y difícilmente imitables, sino que, también, produciría unas ventajas adaptativas, dado que las nuevas ideas vendrían a solucionar problemas o a satisfacer necesidades latentes o patentes, detectadas fuera y dentro de las organizaciones. De no cumplir con este requisito, las ideas no se seleccionarían.

Como puedes ver, un modelo de cultura de innovación abierta no sólo fomenta la innovación, como es natural, sino que también se convierte en un sistema adaptativo que favorece el crecimiento y supervivencia de las organizaciones.

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